CUBA

Supongo que conoceréis la noticia de la muerte del preso de conciencia cubano Orlando Zapata, tras 86 días en huelga de hambre. Pero de lo que no creo que estéis muy enterados es de lo que ocurre en Cuba, o, mejor, de lo que lleva ocurriendo desde el 1 de Enero de 1959, fecha en la que las tropas de Fidel Castro entraron triunfantes en Santiago, pusieron fin al régimen de Fulgencio Batista e instauraron otro régimen de inspiración comunista. Es la llamada Revolución Cubana, aunque, en realidad, no es la primera vez que la isla había visto una revolución. De vez en cuando Cuba aparece en los medios de información asociada a alguna noticia de tintes políticos, generalmente con el apellido Castro como entradilla. Nosotros entonces la vemos como una tierra lejana que no nos dice mucho, tal vez como el último reducto de la utopía igualitaria o la postal de una tiranía cruel y sangrienta.

Pero, ¿qué es Cuba? La historia incurre a veces en la paradoja de borrar de un plumazo el pasado más lejano, aquella memoria ajada que se deshace en la noche de los tiempos. Y nos obliga entonces a mirar el mundo con los exclusivos y limitados ojos del presente, sin más perspectiva que el vértigo de lo instantáneo, del hoy…, del ayer como mucho. Sin embargo Cuba ha sido mucho más que Fidel Castro, que Orlando Zapata. Ha sido, durante cuatro siglos, parte de España, la famosa perla del Caribe, un lugar lleno de claroscuros donde convivieron el blanco criollo y el negro del esclavo, donde se forjó el auge y la decadencia de un Imperio que nunca supo cómo amar a sus súbditos.

Me interesa hoy Cuba por lo caleidoscópico de su planteamiento. Por un lado Cuba habla de España, aún nos mira por mucho que nosotros apartemos los ojos de ella; por otro nos susurra el argumento del sueño más duradero del hombre del siglo XX, la utopía del socialismo, la quimera de una sociedad sin diferencias entre pobres y ricos que sacrifica la libertad del individuo. Cuba es El Dorado que mantuvo, gracias a sus materias primas, el monstruoso imperio hispánico, pero también la Jauja de una ideología política cuyos muros cayeron en 1989.

Buscando en Internet, me he topado con este hermoso texto que explica mucho mejor que yo lo que quiero que comprendáis:

HUESOS DE ESPAÑA

-Javier Orrico-

Pasear por las calles de la Habana vieja es hacerlo sobre el cadáver de España. Carcomidos por la ruina, la humedad, el abandono, apenas sostenidos por vigas improvisadas, los palacios y las casas coloniales van siendo devorados por la soledad y la tristeza de unas calles semiinundadas, llenas de socavones, sucias y malolientes por las que los negros, los mulatos, los lavados sobreviven a su miseria. He visto la pobreza en muchos sitios, pero esto es otra cosa, un desmoronamiento, la extinción de un mundo, una memoria desconsolada de lo que algún día fue una de las ciudades más hermosas que los hombres jamás levantaron.

Y lo hicimos nosotros, aquello que alguna vez fuimos los españoles, mientras creímos y quisimos ser una nación. Esa Habana muerta es nuestra metáfora, los restos en descomposición de quien gobernó los mares y las tierras, un pueblo generoso y atrevido que se lanzó a una de las mayores aventuras de la historia y construyó toda una civilización, y que hoy se descompone también, como la Habana. Viendo lo que hoy somos, devorados no por la crisis económica, sino por la estupidez, por la cobardía, por la abulia y la desidia de quienes aceptan que los hundan sin rechistar, es imposible imaginar que alguna vez pudimos haber sido lo que aún se intuye caminando hacia la Plaza Vieja por las callejuelas ajenas a los turistas. Ya ni siquiera nos cabe el consuelo de los versos de Mío Cid, “¡Oh, Dios, qué buen vasallo/ si oviesse buen señor!”, porque no es buen vasallo quien consiente su desgracia, el delirio de sus gobernantes.

Seguramente fue un sueño. Todo sea una invención literaria. Nos engañó Quevedo con sus “muros fuertes”; y Cervantes, con su mano perdida en Lepanto; y Garcilaso, combatiendo y muriendo al servicio del Emperador Carlos; y Velázquez, atrapando el aire, guardando la vida en un lienzo como nunca antes, y nunca después, un artista suplantó a la eternidad. No pudo haber un Lepanto en el que combatiéramos nosotros. No podemos ser herederos de aquellos hombres ásperos y cuajados como nueces de piedra. No este pueblo que hoy deambula por la Historia, zombi pegajoso e idiota como una bechamel hueca.

O acaso nunca volvimos de la Habana. España se quedó allí, muerta, junto a sus barcos destrozados en la bahía de Santiago, el Oriente que dicen de caramelo y música. España son esas calles de la Habana vieja y de Centro-Habana sobre las que se caen a pedazos nuestros fantasmas. España son aquellos fuertes sobre la bahía, levantados por los mejores ingenieros militares del mundo, los españoles. Nosotros ya no lo somos. Nunca nos recuperamos del Desastre del 98, pero no lo sabíamos. Nos arrastramos como un espectro bajo las sábanas de unos embaucadores que nos hicieron creernos una potencia universal otra vez. Ahora nos miramos al espejo y no vemos nada. No hay nada, ni Nación, ni Estado, ni Gobierno, ni Justicia ni Pueblo. Somos los verdaderos ni-ni. España entera es un ni-ni, un avestruz con el cuello hundido y roto. Diecisiete partidas bandoleras disputándose los huesos del cadáver, millones de cadáveres, como escribió Dámaso Alonso, pero ahora sentados ante una pantalla por la que los nuevos Chanfallas, los albaceas del rey desnudo, emiten sus mensajes de orfidal.

También Cuba perdió. Desde que España se les murió allí, bajo los machetes de los mambises, han sufrido la ocupación americana, sesenta años de democracia de ficción y dictaduras de astracán, y medio siglo de terror y miseria revolucionaria. La Habana es también el cadáver de la ‘Revolusión’, un reino de jineteras que buscan desesperadamente unos pesos para comprar champú o algún extranjero que les regale aspirinas. Un viejo culto, que lleva cincuenta años sufríéndola, y al que persiguieron y marginaron por tener una “educación burguesa”, me definió la Revolución como una confluencia de “idealistas, resentidos y oportunistas, en la que los idealistas fueron devorados al poco tiempo de estallar”.

La Revolución es hoy una impostura hasta de sí misma. Consciente de la derrota y la vergüenza del socialismo, ha borrado incluso sus orígenes, se ha reescrito, como buena discípula estalinista que siempre fue. Ahora los signos comunistas casi han desaparecido, ni Lenin ni casi el Ché aparecen en la nueva propaganda oficial, sólo Martí, omnipresente, y Maceo, los héroes de la independencia contra España. La dictadura se presenta hoy como la heredera directa de esa lucha pomposamente antiimperialista, y ese traje de oro del emperador que es el bloqueo (tan falso como los jardines biosaludables que el Ayuntamiento de Murcia regala a un pueblo que lo que necesita es medicinas), sirve como señuelo y excusa para un régimen que ya es sólo un tirano acartonado.

Me duele Cuba más que España. España son ya sólo esos huesos, la memoria triste que hasta negamos a nuestros descendientes, la estúpida reata de ignorantes en que nos hemos convertido. Los cubanos no han podido elegir. Nosotros nos hemos destruido solos.

En este número de Muralidades quiero que habléis de Cuba. Pero, para eso, deberéis informaros un poco de su historia, de su geografía, de su presente. Podéis enfocar el tema desde multitud de puntos de vista:

1.- Podéis hablar del triste episodio de Orlando Zapata.

2.- Podéis escribir con criterio la perspectiva que poseéis del régimen cubano.

3.- Pero también podéis viajar en el tiempo y hablar de España, de esa España que, como dice el texto de Orrico, ahora se cae a pedazos por las calles de La Habana.

Al tajo y buena suerte.

Fecha de entrega 21 de Marzo.

Postdata:

Y, como siempre, algo de música: “Silencio”, el hermosísimo tema cantado a dúo por el genial Ibrahim Ferrer y por la magnífica, incomparable, absolutamente deliciosa Omara Portuondo. Disfrutadlo. Ah, y no os preocupéis si el vello se os pone de punta… tranquilos, sólo es la caricia de la belleza.

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